La cara “rasguñada” del amor.

Atrevernos a ser compasivos.

Por: Ivette Estrada

La compasión es evitar el sufrimiento. Es la lucha contra las sombras, abatir la crueldad, borrar miseria y espanto. Es el guerrero que deambula en las noches para perseguir a los “malos”, es el arquetipo del héroe.

La compasión es la otra cara del amor. Mientras una de ellas es luz y busca la felicidad, la otra se centra en evitar la violencia y dolor. Una se posiciona en los destellos. La otra lo hace en la obscuridad. Ambas facetas son amor. Simbióticas, no puede existir una sin la otra. Sin embargo, la faceta compasiva tiene rasguños, pesadillas y tristezas a cuestas. Su trabajo implica ensuciarse las manos, ver la maldad de cerca. La otra roza el cielo.

Ahora que la violencia social se abre en calles y avenidas, se cuela en la propia casa y cada vez  son más los lastimados en el hogar, hace mucha falta un héroe que proteja a los más vulnerables, los más propensos a sentir el infierno del maltrato cerca.

Un grupo altamente proclive al maltrato en México son los enfermos. Cuando nuestro cuerpo se debilita y duele, cuando nuestra materialidad de este mundo deja de ser coraza y se vuelve membrada sensible y lastimada, hay quienes maltratan y humillan.

Un simple gesto de fastidio suele ser altamente mortificante para un enfermo. Una palabra sin dulzura, la desconsideración u olvido generan mucha tristeza. Un dolor a cuestas, por nimio que sea, debilita defensas físicas pero también rasga las sensibles veladuras de nuestra percepción. No sentirse querido es el peor malestar que alguien puede experimentar.

En la enfermedad se recrudece nuestra dependencia a los otros. Más a los miembros de la familia y seres que amamos. A veces necesitamos que nos acerquen un vaso de agua o que compren por nosotros un medicamento. Tal vez incluso que nos ayuden a caminar. Pero más allá de necesidades concretas y relativamente sencillas, un enfermo requiere compasión.

La compasión no es lástima ni menosprecio. No es un banal “pobrecito”. Es un llamado silente pero paradójicamente portentoso a que se manifieste el amor en una franca e inescrutable empatía. Es hacer gala de todos nuestros sentidos para decir: estoy contigo, te comprendo, te siento, me importas.

La enfermedad es una pausa en el camino. El paréntesis que requerimos de manera consciente o no. Suele aportar gran comprensión de lo que realmente somos y valemos, de entender mejor nuestra misión en el mundo y descubrir que somos más de lo que muestra nuestro exterior y órganos. La gente se juzga entonces de manera diferente, con una visión más profunda y amplia. Nos acercamos a la verdad.

Pero mientras eso ocurre y logramos develarnos a nosotros mismos, la carne y los huesos duelen. Y más aún, quedamos desprotegidos, débiles, añorantes de una dulzura que no considerábamos imprescindible. Ahora sí. Ahora en calidad de enfermos podremos soportar estos momentos sólo con compasión.

Compasión, un vocablo que elude la pasión, esa energía que nos permite levantarnos, vivir, hallar el sentido en uno y en todo, desplegar la imaginación, volar a donde se desee. Esa es la pasión que se busca en la compasión. Una pasión íntegra e ilimitada, una capacidad de expresar amor, de entregar lo mejor que soy y tengo.

Esa es la compasión que requiere un enfermo. Esa es la compasión que un día anhelamos y que hoy podemos entregar a un enfermo. Es encontrar un nuevo lenguaje para decir “te quiero, realmente te quiero”.

Nuestra capacidad de compasión nos convierte ahora en héroes. Y es tanta su trascendencia que podemos redimir, fortalecer y amar con ella. Pero también sanar y salvar una vida y llenar la existencia nuestra y de los otros de sentido.

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