Los excesos y el derrumbe

Por: Vladimir Galeana Solórzano

Hay un hecho evidente que por mucho que lo siga diciendo y suponiéndose el siguiente presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador ya comenzó a disminuir en el ánimo de amplios sectores poblacionales producto del exceso de oferta, en el sentido de que una vez que llegue él a la Residencia Oficial de los Pinos y ocupe su oficina en Palacio Nacional, se terminarán por arte de magia todos los problemas de nosotros, los simples mortales.

Nadie en su sano juicio concibe que con el simple cambio de hombre y de nombre nuestros problemas se resolverán de la noche a la mañana, y menos en un entorno desfavorable para economías emergentes como la Mexicana que, pese al ambiente adverso, ha repuntado por la disciplina fiscal y monetaria impulsada por el actual Gobierno Federal. El regreso de alrededor de tres millones de personas de las listas de pobres habla de un impulso del mercado interno que pudiera incrementarse en los siguientes meses.

En función de que las cosas mejoren en las calles, disminuirá el fervor de muchos grupos sociales por la candidatura del tabasqueño, por lo que seguramente no tardará en variar su discurso haciendo señalamientos puntuales de un presunto engaño con las cifras gubernamentales. Claro está que, en todo caso, se arriesgaría a que sean los propios especialistas quienes le enmendarían la plana; pero tampoco podemos olvidar que de su lado existen hombres y mujeres que entienden el tema y podrían construir mensajes adversos.

Lo cierto es que, en función de su baja en las preferencias electorales, se incrementan los momios de otras fuerzas políticas, principalmente el Partido Revolucionario Institucional que, ante un escenario convulso, puede generar confianza por la experiencia gubernamental de sus principales hombres y mujeres; entonces quizá la corrupción ya no sea un discurso tan dañino, puesto que, si algo hemos comprobado los mexicanos, es que todos los políticos, de todos los partidos, son iguales. Si el PRI sabe elegir un buen candidato, las cosas cambiarían mucho.

La esterilla del joven Ricardo Anaya también comienza a languidecer. No las trae consigo después de enredarse con una simple explicación sobre el origen de su patrimonio personal, y las evidencias surgidas, en el sentido de que desde el gobierno de Querétaro lo han favorecido con una utilidad inexplicable en negocios inmobiliarios. También le ha pesado la pretendida expulsión del partido de los senadores que apoyaron a Ernesto Cordero para llegar a la presidencia del Senado de la República.

No siempre el tener el control político de un partido político asegura una candidatura presidencial, y menos cuando es dirigido por la inexperiencia y la ambición. En lo que corresponde al tabasqueño, los mismos excesos verbales y el autoritarismo impuesto a los grupos que lo apoyaron durante sus dos incursiones pasadas, son los que ahora lo mantienen a la baja, principalmente porque ya dejó en claro que el Morena es propiedad de sus hijos. Así de simple inician los desastres. Al tiempo.

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