LA COSTUMBRE DEL PODER: LSI, lo que se niegan a ver

 Gregorio Ortega Molina

*Hago enorme esfuerzo por comprender los resultados de su operación y vigencia legal. Es entonces cuando me pregunto si la noche será más segura que el día, aunque la historia muestra que es durante las horas de oscuridad que empiezan a llamar a las puertas de los hogares de aquellos que son considerados un peligro para la seguridad interior de un país que hace mucho dejó de ser lo que fue

Esta nación dejó de ser en la que vivimos con pasión intensa de adolescente, cuando estudiamos historia de México en los libros de Ciro Eduardo González Blackaller.

Los referentes históricos desaparecieron cuando los neo historiadores modificaron las líneas que unen pasado-presente-futuro. Mañana, cuando en la puerta de la casa encontremos un piquete militar en búsqueda de preservar la seguridad interior, el concepto de patria se habrá borrado definitivamente, para ceder su lugar a lo que sientes en el instante en que gritan: ¡Párese cabrón!, y te cagues de miedo porque intuyes que ni tú sabes lo que hiciste, pero pagarás caro pensar de manera distinta.

¿O lo harán de manera diferente los senadores y diputados que votaron a favor de la LSI con los ojos cerrados? No, andarán con su rajita de canela en el calzón, la trusa, la tanga o las pantaletas, como hijos de vecino arrugados ante el poder.

     Tengo en las manos la novela La canción de las sombras, en la que John Connolly dejó anotado lo siguiente: “Tal vez la economía mejorara, pero Boreas estaba estancado, sumido en una decadencia imparable: una muerte lenta y costosa que se iba llevando la vida a pedazos. Era un pueblo agonizante, un ecosistema fallido, pero, pese a todo, muchos seguían allí, porque ¿dónde ir si no?”

Termino de leer el párrafo transcrito, cuando me entero que el presidente constitucional de México promulga la LSI sujeta a la aprobación de la SCJN en materia de constitucionalidad. Inevitablemente establezco las analogías entre la realidad y la ficción. Pareciera que el país se nos deshace a pedazos, a pesar de los esfuerzos en contrario. Pero, ¿de qué México hablamos?

¿Cuál es la distancia y la diferencia entre esa idea de patria plasmada en los libros de texto gratuitos y una nación desposeída de sus instituciones financieras, de ese patrimonio que dio sentido a un proyecto de nación, y un Estado que se desdibuja porque se niega a aceptar que si fue necesario modificar el modelo de desarrollo económico, también es urgente crear las instituciones políticas capaces de administrarlo casi sin corrupción, porque la tentación de meter mano a los recursos fiscales estará siempre presente?

LSI, escucho el término, me represento la idea, hago enorme esfuerzo por comprender los resultados de su operación y vigencia legal. Es entonces cuando me pregunto si la noche será más segura que el día, aunque la historia muestra que es durante las horas de oscuridad que empiezan a llamar a las puertas de los hogares de aquellos que son considerados un peligro para la seguridad interior de un país que hace mucho dejó de ser lo que fue.

Ponen en mis manos un texto de Armando Fuentes Aguirre, para mostrar el tamaño del dislate, porque aunque la época es distinta, la mentalidad es fiel a ella misma.

Escribe “Catón” que el coronel Miguel Palacios requisó para su tropa, en las goteras de Saltillo, el Mesón del Huizache.

    Cuando Esteban Múzquiz, el propietario, se presentó a la puerta del Mesón para reclamar al coronel su actitud, argumenta:

-Señor coronel, soy el dueño del Mesón. Usted lo ocupó violando la Constitución (1857), cuyo artículo 27 dice que la propiedad de un particular no puede ser ocupada sino por causa de utilidad pública y previa indemnización.

-Mire –lo interrumpió el coronel-. ¿Sabe usted para qué están esos guardias en la puerta?

-Supongo que porque así manda la ordenanza –balbuceó don Esteban.

No, señor –bufó Palacios-. ¡Están para que no entre la Constitución!

¿Para qué enlodar a la SCJN, si de todas formas impondrán su idea muy particular de ley marcial?

     Por lo pronto y ante la certeza de las escuchas de todo tipo, lo primero que amenaza con cambiar es el lenguaje, la simbología de las palabras, más deformadas por el miedo que por las exigencias cibernéticas.

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