Pavorosa vecindad

Por: Vladimir Galeana Solórzano

Hay cosas que el imaginario popular no alcanza a comprender porque la realidad es más cruda que la simple percepción de los seres humanos. Y no es que se trate de estereotipar o de etiquetar a los sectores sociales que se han visto involucrados en la lucha por la sobrevivencia en ambientes adversos, no sólo para la cohabitabilidad, sino para la convivencia y la connivencia de las autoridades civiles y los honorables miembros de la delincuencia simple y organizada.

El caso de la privación ilegal de la libertad de Marco Antonio Sánchez, porque hasta ahora no se demuestra que haya cometido delito alguno o que la falta administrativa que se le imputó ameritara la reclusión en uno de los centros de detención provisional controlados por las corporaciones policiacas, resulta paradigmático del problema social en la zona de connurbación con el Estado de México.

Lo que originó el escándalo de la desaparición física de Marco Antonio, sin lugar a dudas es un caso de exceso policial, y en lo personal tengo la seguridad de que hay algo que las autoridades están ocultando porque hasta ahora no se sabe con certeza dónde estuvo el muchacho –por cierto, menor de edad– y que apareció con un síndrome de extravío del consciente que lo hizo aparecer más que un ser racional, un autómata o un impedido de razón.

Sin pretender suplantar la opinión de los expertos, lo que observamos en las primeras imágenes es un muchacho con una brutal ausencia de su realidad. Este lamentable caso nos ha hecho descubrir la cloaca en que condenamos a vivir a miles o quizá millones de hombres y mujeres que han tenido que soportar no sólo sus problemas de índole económica, sino la convivencia diaria con esa delincuencia que ha convertido los límites de la Ciudad de México y los municipios connurbados de Ecatepec, Nezahualcóyotl, Cuautitlán Izcalli, Naucalpan, Tlalnepantla, Los Reyes La Paz y Chimalhuacán en territorio de nadie.

El caso de Marco Antonio evidencia que hasta ahora no existen convenios de coordinación entre los municipios del Estado de México involucrados, y mucho menos entre las entidades federativas, y eso es muy grave porque cada quien hace lo que piensa que tiene que hacer y los códigos de comportamiento policial son distintos en cada unidad administrativa.

Para decirlo más claro, son territorios sin ley donde los que mandan son las pandillas organizadas, y los grupos delincuenciales que se mueven con la libertad de la permisibilidad policial.

Lo más grave es que este lamentable incidente nos ha hecho conocer y reconocer esa lastimosa realidad que viven diariamente millones de hombres y mujeres honrados que trabajan todos los días por paliar su lastimosa realidad, anhelando que los estudios profesionales permitan a sus hijos vivir con menos estrecheces y en un mejor ambiente.

¿Será que por fin podamos velar por ellos al menos incrementando la presencia policial? Del Mazo y Mancera tienen la palabra. Al tiempo.

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