LA COSTUMBRE DEL PODER: Democracia está nepantla III/V

*Si asumimos como verdadera la apreciación de que el mexicano está nepantla, significa que lo mismo ocurre con su creatividad y sus creaciones políticas y sociales, porque están vivas aunque incompletas, truncas, no acabadas, por permanecer inconclusas

 

En términos ginecológicos la Revolución se concibió y gestó, pero no llegó a buen término, no alumbró. La eclosión de sus promesas, de sus proyectos, en realidades económicas, políticas y sociales se pospone cada sexenio, para darle oportunidad de permanecer <<inconclusa>> por la eternidad.

Esa <<no conclusión>> del proyecto más importante del siglo XX en la vida de esta nación, de esta patria, ¿es consecuencia u origen de que el mexicano, en términos psicológicos y filosóficos sea lo que es?

     José Manuel Cuellar Moreno sostiene que “la investigación de Uranga (Análisis del ser del mexicano) se presentaba a sí misma como una radicalización y sistematización de los estudios previos sobre el carácter del mexicano, en apariencia contradictorios, pero unidos subterráneamente por un núcleo común -una estructura ontológica- que Uranga buscaba poner de relieve. El propósito, según declaró, era analizar el ser del mexicano, llevar a formulación conceptual lo que intuitiva y cotidianamente se vive como mexicano”.

Cuellar Moreno retoma la referencia del siglo XVI de fray Diego de Durán, que rescata la respuesta de su interpelación a un indígena borracho y despilfarrador: “Padre, no te espantes -respondió el indio-, pues todavía estamos nepantla. Nepantla es un término nahua que, según los diccionarios, significa <<centro, en el centro, en medio>>. Por ejemplo Tlalnepantla (lugar en medio de la tierra).

“De acuerdo con Emilio Uranga, este vocablo también designa 1) el desarraigo, 2) el estar en medio, 3) la permanencia en un estado neutro, 4) la abstracción de cualquier ley y, 5) la participación en dos leyes opuestas”.

Si asumimos como verdadera la apreciación de que el mexicano está nepantla, significa que lo mismo ocurre con su creatividad y sus creaciones políticas y sociales, porque están vivas aunque incompletas, truncas, no acabadas, por permanecer inconclusas debido a la atracción de tan diferenciadas y similares acepciones de mantener una permanencia neutra, estar en el centro, participar en leyes opuestas. Pero el asunto va más allá, pues según Cuellar Moreno: “para Uranga, el mexicano tenía una lección que enseñar al hombre; la valiente y cínica lección de que el estado normal del mundo es la crisis”.

¿Cómo vive el mundo hoy? En crisis, pero hay sus diferencias, pues aunque a fin de cuentas el ejercicio de la democracia en sociedades como la francesa o la estadounidense resulte ser una simulación, una impostura más o menos abierta, de acuerdo a las épocas y a las exigencias momentáneas de franceses y estadounidenses, el engaño en México es cínico, constante, sostenido con la falsa promesa de que la Revolución permanece viva, no está acabada y falta mucho por hacerse.

     Poco importa que la referencia a lo que ya no fue haya desaparecido de la retórica política, lo mismo de la oficial que de la que se sirve la oposición. Las exequias fueron mudas, en silencio, como las del actor secundario que sólo hace mutis y desaparece del proscenio, para que el protagonista sexenal brille con luz propia, sin importar que ésta sea cada vez más tenue, y tienda a sumir al escenario nacional en la oscuridad.

Naturalmente que el ensayo de La Revolución inconclusa va más allá del análisis de la obra del malogrado filósofo Uranga, porque el autor cede a la tentación de echar su cuarto de espadas sobre la época que hoy padecemos, idéntica a la que se sufrió durante los últimos años de la dictadura, pues si el sacudimiento no termina, tampoco se puede dar por concluido el porfiriato.

Escribe el ensayista: “El sistema político mexicano, cada vez más oscuro en sus prácticas, no terminaba de constituirse como una democracia occidental ni como una dictadura (está nepantla pues): el punto medio -entrevisto por algunos ya desde entonces- era el presidencialismo: una renovación de la vieja jerarquía vertical -hecha toda de gestos paternales y compadrazgos- del Porfirismo pero con fecha de caducidad -una monarquía de seis años-”.

Mañana, las debilidades del ser del mexicano como características del presidencialismo.

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