Mohamed Salah, en pie de guerra con la federación egipcia

Luis Alberto García / Moscú

*Derechos de imagen enfrentan al as de Liverpool con directivos.

*Las altas expectativas de los faraones se vinieron abajo en Rusia.

*Tres derrotas y deslucida actuación del cuadro norafricano.

*Egipto enfrentó a Arabia Saudita, perdió y salió del torneo.

*Su buena actuación y los recuerdos de Italia 1990 no sirvieron.

 

 

Antes de arrancar la Copa FIFA / Rusia 2018, todo era felicidad y buenaventuranzas en Egipto, la nación con una historia milenaria de donde, en los tiempos modernos, surgió la figura de Gamal Abdel Nasser a mediados del siglo XX, para desembocar en un régimen militar represivo encabezado por el mariscal Al Sisi.

Sin embargo, los malos resultados y la eliminación de la selección nacional del XXI torneo mundialista cambió las flores por espinas, debido a tres derrotas y a la deslucida actuación de Mohamed Salah, su estrella mayor, que anotó mediante un penal a los rusos y quienes, con su poder dinamitero, opacaron la presentación del “faraón goleador”.

Éste anotó nuevamente a Arabia Saudita; pero los llamados “hijos del desierto” remontaron el marcador y vencieron (2-1), sin que valieran los destacadísimos antecedentes de Salah, y de que fue la luminaria en las eliminatorias, al final frustrada pieza considerada clave, sin victorias en los tres juegos mundialistas iniciales.

En el Grupo A –en el cual Egipto quedó ubicado junto con Rusia, Arabia Saudita y Uruguay- los norafricanos perdieron (3-1) contra los anfitriones, quienes habían mostrado una ofensiva rotunda ante los árabes en la inauguración del evento, al batirlos (5-0) el 14 de junio en el estadio Luzhnikí de Moscú.

La Copa del Mundo de Italia en 1990 había significado para Egipto la segunda participación en una justa de categoría mayor, guardada como uno de sus más gratos recuerdos, a pesar de que no logró rebasar la primera fase del torneo, aunque logrando un par de empates y los dos primeros puntos en su breve historia: uno ante Inglaterra, otro contra Irlanda.

Al regreso de Rusia con números negativos que no gustaron ni al gobierno ni a nadie, hubo una tregua de un mes entre la Federación Egipcia de Futbol, el equipo y especialmente Mohamed Salah, quien tuvo una relación lejana y conflictiva con los dirigentes durante el Campeonato Mundial.

El astro egipcio, a quien el fanatismo deportivo desbordado pretendió lanzar como presidente de su país, aficionado a los automóviles deportivos –en Italia se compró un Lamborghini último modelo-, negado a jugar un partido amistoso en Israel por motivos religiosos, reavivó la polémica a fines de agosto de 2018, quejándose de que, reiteradamente, no se atendían sus caprichosas peticiones .

La entidad se mostró dispuesta a estudiar las demandas del delantero del Liverpool, pero criticó la actitud de su agente, de modo que el ambiente se puso tan enrarecido, que muchos aficionados egipcios temían que Salah acabara abandonando la selección, como lo hicieron algunos españoles y argentinos que consideraron fracasos personales y profesionales sus actuaciones en Rusia.

“Es normal que la Federación Egipcia de Futbol busque resolver los problemas de sus jugadores para que se puedan sentir cómodos; pero lo que vemos es exactamente lo contrario”, refirió Salah: “No es normal que los mensajes de mi representante y apoderado sean ignorados”, añadió, y si bien el futbolista no especificó cuáles eran sus demandas concretas, pronto se conocieron.

Resultaron ser las exigencias de siempre, excentricidades de las nuevas vedettes del balompié –Neymar Santos y Cristiano Ronaldo son los mejores ejemplos-, relacionadas con los que ya fueron los motivos de disputa entre ambas partes durante la preparación para la Copa del Mundo: los derechos de imagen de Mo Salah y sus actividades durante las concentraciones.

Ahmed Megahed, directivo egipcio, confirmó que el agente del jugador, Rami Abbas, había enviado una carta a la entidad con sus demandas; pero afirmó que “su lenguaje era inapropiado y difícil de aceptar”.

Entre las exigencias del futbolista figuraba la de proporcionarle mayor seguridad y aislarlo de peticiones de fotografías, entrevistas y cualquier tipo de actos promocionales; pero los federativos expresaron que Salah no debería recibir un trato de privilegio respecto al resto de los jugadores.

Con un estilo de juego que dice haber imitado del franco-argelino  Zinedine Zidane y del brasileño Ronaldo Luiz Nazario de Souza, al delantero del Liverpool no le gustó la reacción federativa, y lanzó una dura réplica a través de un vídeo: “El problema no es personal. Lo que pido es para todos los jugadores. Y se puede llevar a cabo fácilmente”, reclamó Salah.

El nudo del conflicto estuvo en los derechos de imagen del futbolista, y desde antes Salah denunció que se habían violado esos derechos al estampar una imagen suya en el exterior del avión de la selección nacional, junto con la lista de patrocinadores de la institución, sin su consentimiento.

Entre las marcas, figuraba una compañía de telefonía celular, rival de una vinculada desde hace tiempo con el jugador; pero el conflicto creció y la Federación Egipcia de Futbol se vio obligada a rectificar retirando la fotografía del avión.

Poco después de la eliminación de Egipto en la fase de grupos del Campeonato Mundial de Rusia –con expectativas triunfalistas que se cayeron ruidosamente-, estalló una nueva polémica: varios medios informaron que el futbolista egipcio pensaba renunciar a la selección al haberse sentido utilizado políticamente.

Días antes se había hecho pública una fotografía de Salah con el líder checheno Ramzan Kadyrov, que concedió al delantero el título de ciudadano honorífico de Chechenia y, a causa del largo historial de abusos de su administración, las críticas a Mohamed por parte de las organizaciones de derechos humanos no se hicieron esperar.

La fotografía tuvo lugar en un evento organizado por directivos egipcios, provocando un nuevo momento de conflicto entre la institución y la mayor estrella africana del momento.; pero sin sentirse plenamente feliz, puesto que –como él mismo lo ha dicho- el resto de sus compañeros no tiene ni el nivel ni la categoría requeridas para brillar colectivamente en ninguna parte.

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