LA COSTUMBRE DEL PODER: Del perdón y cosas peores

 Gregorio Ortega Molin

 

* En política… quien no cambia, muere; no existe creación sin demolición. Es necesario pudrirse para renacer. El viejo mundo en putrefacción engorda la tierra en la que germina lo nuevo.

 

 

AMLO -como Olga Sánchez Cordero- demuestra que es capaz de estremecerse con el dolor ajeno, pero a pesar de los reclamos y las lágrimas se mantiene ecuánime y firme en su convicción moral y religiosa del necesario perdón.

Afirmó en el foro sobre paz y reconciliación celebrado en Tlatelolco: “Yo les digo, por lo que corresponde a mi responsabilidad, en el momento en que llegue a la Presidencia voy a pedir perdón a todas las víctimas de la violencia, y no sólo voy a pedir perdón, voy a comprometerme a que va a haber justicia sobre todo lo que humanamente esté de mi parte, voy a cumplir con ustedes; no están solos”. Dejo el link donde el lector podrá encontrar el audio y la imagen de lo que una atribulada madre le solicitó (https://twitter.com/i/status/1040696287371259904).

Ahondó: “Yo sí perdono. Yo en esto puedo diferir con algunos. Yo siempre digo lo que pienso, y les digo: olvido no, perdón sí. Respeto a los que dicen ni perdón ni olvido. Los entiendo, los comprendo. Yo tengo otra convicción, y podemos ponernos de acuerdo”. ¿Es posible? La historia y la literatura nos muestran lo contrario. La voluntad del hombre en los asuntos de Estado camina por una vereda distinta a la marcada por el Nuevo Testamento.

También aquellos que gobiernan como cuando Constantino hizo del catolicismo la religión de Estado, para convertir a Dios en un doble del emperador (afirma Simone Weil en un ensayo); es necesario ceder tiempo a reflexiones sobre la necesidad de separar vida religiosa y actividad política. El gobierno de los seres humanos nada tiene que ver con la convicción de las almas para trascenderse a ellas mismas.

En Invictus (biografía de Constantino) Simone Sarasso nos ofrece el siguiente pasaje:

Licinio es un hombre bueno y cuando se puso a reñir con los cristianos pensaba que lo hacía por una buena razón. Pero rascando un poco ha visto que bajo la brillante pátina de la fe se esconde la mierda política. Y si uno juega con eso sin tener cuidado, acaba por ensuciarse; política y fe no están hechas para las almas cándidas.

No saben que el orden exige un tributo… Lo arcaico muere a martillazos, para que lo nuevo pueda surgir.

Es la política… quien no cambia, muere.

No existe creación sin demolición. Es necesario pudrirse para renacer. El viejo mundo en putrefacción engorda la tierra en la que germina lo nuevo.

-¿Qué se siente al tener el mundo en la palma de la mano? –le pregunta sin emoción.

-Soledad.

Eso es el poder. Cuando se tiene, todo lo demás desaparece.

Hay cierta sabiduría en esas palabras, quizá históricas o posiblemente imaginadas, pero allí están. Escuchen, por favor.

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