Tlatelolco 50, Colosio-TLC 25, Ayotzinapa 4 y USMCA, año cero sin la verdad

La verdad está lejos de ser absoluta, a menos que refiera a la fe

Gregorio Ortega Molina

Esa política

POR COLUMNA INVITADA 

 

Haber establecido la verdad histórica fue una ingenuidad política. Ofertar la creación de una comisión de la verdad con la intención de saber, en definitiva, qué ocurrió la Noche de Iguala, es poner en juego la legitimidad lograda el 1 de julio y fijar límites innecesarios a la lealtad de los grupos que llevaron a AMLO al poder.

La verdad es un asunto de percepciones; la que el juez aspira a dejar asentada en la sentencia mueve agradecimiento en quien recibió gracia, y rencor en quien va a la cárcel o paga la sanción. La veracidad jurisdiccional depende de la percepción que tiene de su lugar en el mundo quien la emite, o de la instrucción política recibida. Lo sucedido en la Plaza de las Tres Culturas hace 50 años es ejemplo perfecto de cómo se establece la verdad del poder. La verdad está lejos de ser absoluta o inmarcesible, a menos que refiera a la fe, pero esos terrenos trascienden lo humano y aspiran a lo espiritual.

Suponerse siquiera que se puede ser su poseedor es asunto de credulidad, y ésta cuando atañe a los asuntos humanos se palpa, ya sea que nos remita al amor en sus diversas expresiones, o a los tratos comerciales, y laborales: está en los documentos oficiales; en cuanto a la justicia, camina por otra vertiente: la del poder. Viven los actores que encumbraron y destruyeron a Luis Donaldo Colosio, cuyo asesinato —hace 25 años en 2019— fue producto de una conjura para lesionar o limitar las posibilidades de acceso al primer mundo por el tránsito del TLC y la globalización. Bien podrían asumir su responsabilidad histórica Carlos Salinas, José María Córdoba, Raúl Salinas y Beltrones. Narrar su versión, contarnos lo del segundo asesino (que en realidad fue el primero) y aclarar qué hacía El Negro en el mitin.

Harían un bien a la salud pública y a la reconstrucción del proyecto para México, conceptuado e iniciado en 1982, cuando el recién nombrado secretario de Programación y Presupuesto se propuso sustituir al heredado de la Revolución.

Para ello decidió colocar a su vera a José María Córdoba, y desbrozar el acceso al poder a Colosio. Lo que no midió fue el tamaño de sus adversarios ni lo que le exigirían los negociadores de EU para que el TLC fuera realidad. Abrir la memoria les permitirá saber por qué los descarrilaron. En asuntos de esa envergadura siempre quedan acuerdos no asentados por escrito, pero se cumplen. Los testamentos políticos de Salinas son fríos, inútiles. Necesitamos la versión humana de los sucesos que modificaron su lugar en la historia.

Hoy asistimos a la cristalización del USMCA. Si desean trascender por lo realizado, deben iniciar, ya, la redacción del libro blanco que permita comprender el tamaño del compromiso encerrado en el cambio de nombre: la integración del bloque de América del Norte va, y en ella México es el eslabón débil.

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