Aventuras y desventuras de Fernando Collor y Carlos Menem

Luis Alberto García / Moscú

*Al presidente de Brasil lo acabó la corrupción.

*El tango de siempre por la expulsión de Diego Maradona.

*El camerunés Omam Biyik puso en su lugar a los argentinos

*Raúl Alfonsín dejó el gobierno a un político estrafalario.

*La historia se ha venido repitiendo de 1983 a 2018.

 

 

Mientras Brasil no fue eliminado (0-1) del XIV Campeonato Mundial de 1990 por Argentina, dentro del cual jugó en el Grupo C del torneo de Italia contra Suecia, a la que derrotó (2-1); venció a Escocia (1-0) y a Costa Rica por igual marcador, hubo samba y carnaval para celebrar los goles repartidos entre Antonio “Careca” de Oliveira y Luiz Correa Müller.

 

También hubo aplausos, besos y gritos del presidente Fernando Collor de Mello -el buen mozo que acompañó a la verde amarela hasta su eliminación-, quien habitualmente despachaba en Brasilia, sin preocuparse demasiado por lo males de la nación, hasta que le llegó la hora.

“Collor fue obligado a dejar su cargo por los actos de corrupción que acabó con él, cometidos durante un mandato que duró de enero de 1990 a diciembre de 1992”, recordaba Wladir Dupont, corresponsal del periódico brasileño “O Día”, residente en México durante más de cinco lustros.

En esos años, Collor de Mello vivió con la obsesión de matar de un certero disparo al tigre de la inflación, administrando un gobierno que acabó bañado en lodo, entre conflictos insalvables que, finalmente, lo obligaron a renunciar y ser sustituido por el austero Itamar Franco.

Y al compás del tango que más nos guste, el caso de Carlos Menem fue patético, porque Argentina ya había dejado de ser el granero del mundo, el país de las vacas gordas que soportó entre 1976 y 1983 a una dictadura militar necrofílica, cuya cauda de horror tuvo que ser reconocida, primero por Raúl Alfonsín y, después por ese mandatario estrafalario empeñado en su reelección.

Anunció que no modificaría “por nada de este mundo” su programa económico neoliberal y empobrecedor que condujo finalmente a la quiebra nacional en diciembre de 2001, cuando su sucesor, Fernando de la Rúa, impuso el “corralito”, consistente en la incautación de los ahorros de los argentinos, a falta de reservas en el Banco de la Nación, saqueados sin mayor recato.

Como fin de fiesta, ante la derrota (1-0) ante Alemania en la final de Italia 90, se esfumaron las ilusiones y las esperanzas de un pueblo y de sus aguerridas y siempre violentas “barras bravas”, a veces usadas como grupos de choque por los políticos de la nación platense, tal como se ha hecho en países hipotecados por el fondo monetarismo financiero.

Como Collor, Menem también hizo lo correspondiente en el evento italiano a su pintoresca manera, por supuesto en nombre de los colores celeste y blanco del representativo dirigido por Carlos Salvador Bilardo, utilizando en una campaña antidrogas a Diego Armando Maradona, con quien después se enemistó.

El “Pelusa” –nacido pobre en Villa Fiorito, en los suburbios de Buenos Aires en 1960- fue cómplice indirecto de la eliminación de Argentina de la Copa del Mundo de 1994 en Estados Unidos, cuando fue expulsado en el juego ganado (2-1) a Nigeria el 25 de junio de ese año en Foxboro, Massachusetts y, para colmo, dar positivo en el examen antidoping a causa de un antigripal.

Sin su estrella, los argentinos serían echados (3-2) del torneo por Rumania, cuando, en la siguiente ronda, George Hagi anotó el gol del triunfo, sin que de nada sirvieran las anotaciones de Gabriel Batistuta y Abel Balbo.

La escuadra monarca de 1978 y 1986 se rompió el alma en Italia ante Camerún, la Unión Soviética y Rumania, sus tres primeros rivales en cuartos de final, mientras Menem recobraba la sonrisa no obstante haber caído (1-0) frente a los africanos con un gol de Omam Biyik, ajeno él y su comitiva a las protestas motivadas en su país por una política económica insensible hacia la población.

El personaje patilludo de orígenes sirios, que renunció a la religión musulmana para poder asumir la presidencia de un Estado que reconoce al Papa de Roma, daba instrucciones desde Italia para que el presidente del Banco de la Nación, Javier González Fraga, reanudara los pagos a la banca privada.

Esto ocurría después de dos años de incumplimiento, con un atraso de seis mil 500 millones de dólares, según los reclamos de Richard Hanley, gerente del Citibank en Buenos Aires, en episodios que se han repetido recurrente e intermitentemente con el mandatario que sea: Alfonsín, Menem, el matrimonio Kirchner y, desde 2016, Mauricio Macri, en una historia repetida de 1983 a la fecha.

Ex presidente del club capitalino Boca Juniors, que encumbró a Diego Maradona y a muchos futbolistas que se convirtieron en dioses del futbol argentino de los últimos tiempos, Macri no las trae todas consigo, puesto que la ciudadanía hace frente a la crisis y al desempleo con trueques y “ollas populares” para sobrevivir del modo que sea, con “tarifazos” y otros males inmerecidos.

En el pasado, Argentina tuvo el más alto poder adquisitivo de América Latina, para, entrado el siglo XXI, desfallecer a pesar del triunfalismo gubernamental, tras los lastimosos fracasos de Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde y la procesión de presidentes que antecedieron a Néstor Kirchner y a Cristina Fernández.

A principios de su gestión, Carlos Menem estaba desatado: piloteaba su propio avión, corría en motocicleta y enfrentaba las furias de su esposa, Zulema, la fiera musulmana, quien terminó por pedirle el divorcio ante el escándalo por tráfico de armas a Croacia y Ecuador, sus infidelidades con la chilena Cecilia Bolocco y su irremediable gusto por la política y el poder.

Senador a los 93 años sin que se sepan sus últimos méritos, Menem tiene fuero constitucional y, tranquilo, mira pasar la vida sin preocupaciones, conformándose con ver por televisión los partidos de futbol del campeonato nacional, con el River Plate y el Boca Juniors como sus favoritos.

Dijo no haberse perdido una sola de las participaciones de la selección albiceleste en la Copa FIFA / Rusia 2018, desde su empate (1-1) con Islandia, hasta su eliminación (4-3) frente a Francia, culpando al entrenador Jorge Sampaoli de todos los males –habidos y por haber- padecidos por el desangelado representativo de Leonel Messi y sus compañeros de desgracias.

Argentina aparece en un escenario tenso cuyo telón de fondo no se amortigua ni con el deporte consentido de una afición apasionada que, sin duda, carga la desilusión en el alma tras el papelón que hicieron Leonel Messi, Pablo Zavaleta, Lucas Biglia, Gonzalo Higuaín, Javier Mascherano y una legión de futbolistas que debían tramitar su pronta jubilación.

Así tiene que ser por el bien de ellos y de unos hinchas argentinos que todavía los quiere; pero sin perdonarles que bajen los brazos, extirpando, de paso, el cáncer que significan los directivos y alimañas que los acompañan.

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