TEXTOS EN LIBERTAD: Cuando Chapultepec cedió paso a Los Pinos

José Antonio Aspiros Villagómez

 

Poco a poco se fueron apoderando de tramos del bosque de Chapultepec, el mayor ‘pulmón’ de la Ciudad de México. Unos por el lado de la primera sección para agrandar las instalaciones presidenciales y militares, y otros por el extremo opuesto para ampliar los jardines de sus residencias. Estos últimos viven tranquilos.

Nativo y vecino por más de dos décadas de aquel rumbo, Tacubaya, este tecleador recorrió en su infancia todo Chapultepec los domingos de la mano de su abuelo, tutor y tocayo. Entrábamos por la puerta ubicada frente a la calle Melchor Múzquiz de la colonia San Miguel Chapultepec y cruzábamos hasta el lago, el Cerro del Chapulín, el zoológico y los juegos mecánicos que había en la colindancia con Paseo de la Reforma, por cuyas banquetas paseaban los charros en sus caballos. De regreso hacíamos escala en un molino de café, bebida que hemos tomado desde la infancia.

Un día, ya adultos, descubrimos que esa puerta ya no era para los visitantes del bosque, sino sólo para los militares porque habían extendido hasta allá sus instalaciones. Había crecido mucho el área del palacete presidencial de Los Pinos. Toda esa zona del bosque se llama Parque de La Hormiga, nombre original de la casa -era un rancho- donde moraron los presidentes desde Lázaro Cárdenas hasta Enrique Peña Nieto, con excepción de Adolfo López Mateos (cuyas últimas actividades como presidente fueron las primeras del tecleador como reportero).

Pero durante nuestra infancia, en los años 40 a 50 del siglo XX, quienes llegábamos al bosque por la antigua calzada Madereros, llamada Constituyentes desde 1957 y en los límites de la colonia San Miguel Chapultepec, teníamos también la opción de ingresar por la avenida Quebrada, frente a la entonces Universidad Femenina de México donde ahora está la del Valle de México.

Esa fue después la única puerta disponible para la gente por el lado sur de Chapultepec, porque los militares cerraron la que el tecleador cruzó decenas de veces cuando niño, para recoger alcanfores, recorrer la sedante Calzada de los Poetas y hacer escala en la estatua ‘Quijote en las nubes’, pasar por la Fuente de las Ranas, comer jícamas con chile y limón, subir a los dos trenes que había entonces (en la foto el infantil, ya desaparecido), visitar el entonces nuevo Museo nacional de Historia, escuchar conciertos de la Orquesta Típica de Lerdo de Tejada en el Hemiciclo a Juventino Rosas y subir a los columpios y resbaladillas que estaban junto al local de renta de bicicletas y triciclos. Más grandes, ya sin el abuelo porque falleció en 1952, íbamos a la inmensa Fuente de Nezahualcóyotl inaugurada en 1956.

Muy cerca de una pista para patinar, veíamos a soldados tal vez adscritos al Estado Mayor Presidencial cuando era la hora del “rancho”. Se formaban con sus platos de aluminio para recibir sus alimentos que llevaban colegas suyos en camiones del Ejército dentro de grandes marmitas, y los consumían en unas bancas y mesas largas de cemento que estaban techadas. Si la memoria no falla, también iban sus esposas o familiares.

Si se caminaban unas cuadras hacia el oriente por Madereros rumbo a la iglesia “Sabatina” de la antigua calzada de Tacubaya (hoy Circuito Interior José Vasconcelos), también se podía entrar a Chapultepec por la glorieta del “cambio de Dolores”, donde había expendios de flores y que, según supimos, se llamaba así porque los tranvías que llegaban de la ciudad se detenían allí para cambiar las mulitas que los jalaban y luego subían por el barrio del Chorrito hacia donde ahora están la segunda y tercera secciones de Chapultepec y el panteón de Dolores.

En ese tiempo era nuevo el Auditorio Nacional, a donde nos llevaron de la escuela a escuchar la Novena de Beethoven y asistimos a la Guelaguetza completa que duró como cuatro horas. Al principio se iba a llamar Auditorio Municipal. También íbamos y volvíamos a pie por la calzada del Chivatito a la Feria del Hogar que se instalaba en ese Auditorio.

Vive en nuestros recuerdos el hecho de que la estatua a Francisco I. Madero estaba afuera de Los Pinos y pasábamos impunemente frente a ella, pero los tentáculos de la residencia presidencial llegaron hasta ese terreno que quedó dentro del área cercada, y además ahora es prácticamente imposible cruzar a pie por donde lo hacíamos, desde la avenida Parque Lira hasta el Paseo de la Reforma. Como anécdota, cuando excavaron para poner ese monumento a Madero, fue encontrada una “caja del tiempo” con periódicos y otros objetos del siglo XIX.

Tacubaya era una zona de molinos. Estaba por ejemplo el de Santo Domingo en el rumbo del Observatorio y actualmente es un conjunto residencial; estaba y sigue firme el Molino del Rey, del que no sabemos su destino ahora que las casas (porque son varias) de Los Pinos están abiertas al público. Hace 30 años, cuando hicieron el paso a desnivel en el cruce de Reforma y Chivatito, fue encontrada una rueda de molino de una tonelada de peso, hecha con lo que fue un altar a Tlaltecuhtli, señor de la Tierra en la era prehispánica. Hace dos años, este tecleador y su esposa Norma cruzaron ese desnivel para encontrarse en el Centro Asturiano con los amigos Carlos Ravelo, Octavio Raziel y su esposa Anita García (foto).

Y alguna vez no sólo pudimos ingresar al Molino del Rey sin acreditación ni impedimento alguno (algo imposible después), sino también hacer una breve entrevista a doña María Esther Zuno de Echeverría en el inicio de una colecta de la Cruz Roja Mexicana. Claro, después nos “regañaron” los de Prensa de la Presidencia.

Lectores de nuestra generación tendrán sus propios recuerdos y haríamos una gran crónica con ellos, pero basten los aquí narrados para rescatar una época, y como información para quienes sólo han conocido el Chapultepec de hoy. Y también para festinar la decisión del presidente Andrés Manuel López Obrador de abrir al público el conjunto arquitectónico de Los Pinos, donde ojalá montaran un museo, así fuera con réplicas y objetos de algunos muebles usados por diversos presidentes y sus familias, al estilo de los que hay de Maximiliano y Carlota en el Castillo de Chapultepec, pues llegamos a saber por un amigo arquitecto que participó en esos trabajos, que hasta hubo una primera dama que pidió su cama suspendida del techo y otros caprichos así. Habrá que visitar Los Pinos cuando ya tenga algo más que cuartos vacíos.

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