LA COSTUMBRE DEL PODER: Muñoz Ledo patinó

 Gregorio Ortega Molina 4 de enero de 2019 – 00:1

O quizá su deseo fue hacer una denuncia: ¡Aguas, vean dónde nos llevan! ¿Quién lo sabe? A lo peor ni él

 

Los términos con los que pueden empezar a referirse de él los detractores de Porfirio Muñoz Ledo me asustan, porque son duros, crueles, definitorios de las inteligencias que se apagan: está chocho, o está gaga. La edad, como el agua, arrasa con todo.

No quiero ni puedo creer en que él sea el responsable de ese tweet que le adjudican, pues en ese mensaje ve a AMLO como la encarnación política y mexicana de Dios. Pero lo que vino después, como resultado de la entrega del proyecto de Ley de Ingresos y del proyecto de Presupuesto de Egresos 2019, alarma, es una patinada fea o una lambisconería ramplona: “No es un presupuesto, es un proyecto de nación”, aseveró.

¿Puede una lista de gastos adquirir la dimensión ideológica y política de un proyecto de nación? Pongámonos fáciles, ¿puede convertirse en un proyecto de reconciliación doméstica?

Naturalmente que lo llevado por Carlos Urzúa a la Cámara de Diputados ofrece pistas del destino al cual AMLO desea conducir a los mexicanos. No querer verlo es negarse a la realidad. No está lo que hace falta y sí aparece lo que sobra y, además, quedan claras esas instrucciones de silencio sobre lo que les resulta incómodo, lo que es difícil de comprobar, como ocurre con las atinadas declaraciones de la secretaria de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval Ballesteros, que convoca a la iniciativa privada a idéntica austeridad salarial a la que pone en práctica el gobierno federal.

En medio de toda esta confusión, evoco mis lecturas y rescato lo siguiente: “Durante la época en que fui inspector, había tratado alguna vez con los hombres de honor y siempre me dirigía a ellos con cautela y sin arrogancia ni presunción. El respeto debía pagarse con respeto y los silencios debían interpretarse como señales. Entre ellos, todo tenía un significado y en su forma de comunicarse aplicaban la misma economía y eficacia que en sus métodos de violencia.

“Los hombres de honor hablaban sólo de lo que los atañía de forma directa, respondían sólo a preguntas específicas y preferían guardar silencio a mentir. Un hombre de honor estaba absolutamente obligado a decir la verdad y no quebrantaba estas normas más que cuando lo justificaba el comportamiento anómalo de los demás…”.

O quizá el deseo de Porfirio Muñoz Ledo fue hacer una denuncia: ¡Aguas, vean dónde nos llevan! ¿Quién lo sabe? A lo peor ni él.

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