La Costumbre del Poder: Colosio, la otra versión I/V

 Gregorio Ortega Molina 7 de enero de 2019 – 00:1

  • Salinas de Gortari debió asumir un compromiso ineludible para el proyecto del neoliberalismo: nombrar a Ernesto Zedillo su sucesor, porque Antonio Ortiz Mena necesitaba pagar una deuda con su hijo, a quien había alentado e impulsado desde su formación, sin aparecer en su vida

 

En blanco y negro, ¿qué sabemos de los motivos de la ejecución de Luis Donaldo Colosio? ¿Tenemos la certeza de que fue Mario Aburto? ¿Quién o quiénes están detrás del asesinato? ¿Fue una o varias conspiraciones que coincidieron en el objetivo, y sabían de las consecuencias?

Con el propósito de responder a esas interrogantes, mi Demonio de Sócrates pericial me convocó a una serie de continuadas reuniones en El Garko de Guadalupe Inn. Obvio que me llevó de sorpresa a sorpresa, pues lo primero que me confió fue que a Colosio lo mataron porque no le tocaba, y de eso Carlos Salinas estaba enterado, pues llevar a Ernesto Zedillo a la Presidencia de México fue parte del pacto formalizado con el Fondo Monetario Internacional y avalado por Antonio Ortiz Mena, quien comprometió a Raúl Salinas Lozano a cumplirlo.

El futuro de México -pensaron los conspiradores de esta primera estación- debía pasar por las exequias del proyecto económico y político de la Revolución. De allí la necesidad histórica de Jolopo de autoproclamarse el último Presidente de esa etapa que murió con la ejecución de Álvaro Obregón. Pero, me asegura mi interlocutor, quien debía encabezar o ser el líder de esa transición comprometida por Ortiz Mena con el FMI, era Carlos Salinas. Para lograr ese cometido fue necesario hacer presidente a Miguel de la Madrid Hurtado y establecer las complicidades necesarias entre José María Córdoba Montoya y quien sería el secretario de Programación y Presupuesto y presidente de la República en funciones durante el sexenio 1982-1988, e investido formalmente de 1988 a 1994.

Pero, me indica, Salinas de Gortari debió asumir un compromiso ineludible para el proyecto del neoliberalismo: nombrar a Ernesto Zedillo su sucesor (supuso que con hacerlo coordinador de la campaña cumplía), porque Antonio Ortiz Mena necesitaba pagar una deuda con su hijo, a quien había alentado e impulsado desde su formación, sin aparecer en su vida.

A mi manifiesta perplejidad, mi interlocutor me conmina a que compare fotográficamente los perfiles de Antonio Ortiz Mena y Ernesto Zedillo Ponce León. Sobra decir que lo hice, y el resultado es que empiezo a creer en las conspiraciones políticas.

“Pues bien -me dice en un susurro- el presidente Salinas de Gortari se ensoberbeció y decidió incumplir el acuerdo, el pacto, el compromiso, hasta que lo obligaron. El videodestape no fue la solución constitucional, fue la necesidad de refrescarle la memoria. No sé si Manlio Fabio Beltrones supo a lo que se prestó”.

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