¡ NO ME INVOLUCRES, ROSARIO ¡

Jorge Meléndez Preciado

Llegó en una camioneta blanca, lujosa y apantallante. Ella lucía un vestido albo, muy largo, tanto que en ocasiones detenía el vuelo del mismo. Junto con su hija Mariana, producto de su relación matrimonial con el maoísta, Julio Moguel. La esperaban sus dos hermanas para abrirle paso entre la multitud de periodistas a quienes espetó: “Como dije, vine a dar la cara”, aunque no admitió que su abogado Julio Hernández Barros había tramitado antes un amparo con el fin de que la ex funcionaria no se presentara a declarar. Entre la multitud hubo gritos de “Ratera” y “Corrupta”.

La señora no se inmutó y mostró una sonrisa que era más de burla que de confianza en sí misma. Algo característico cuando fue jefa de gobierno capitalino. No así cuando asistió a la cárcel, por primera vez, a visitar a su amor: Carlos Ahumada.

Ahora entró al juzgado pensando que todo sería favorable. Quizá porque López Obrador, de quien fue compañero de luchas en el PRD, dijo que ella era un chiv@ expiatoria, y los enredados manejos de dinero venían de más arriba.

Ya ante el juez, José de Jesús Delgadillo, su defensor, Hernández Barros intentó un alegato fuera de tono y dijo que se acogían a un amparo que había tramitado Emilio Zebadúa en Chiapas, su ex oficial mayor en Sedesol y Sedatu y principal cómplice, a lo que el togado replicó que eran cuestiones diferentes y que la ex campesinista estudiantil tenía que ver en manejos indebidos del presupuesto por cinco mil trescientos millones de pesos. Abogado y Rosario se quedaron inmóviles, anonadados, ya que no esperaban la firmeza de la autoridad judicial, pues muchas estaban a los pies de la señora cuando era parte de la cúpula.

Tres de sus empleados declararon en contra de Rosario para librar la cárcel. Esto le complica la vida a quien ya no sonríe, no se muestra prepotente y sabe que la próxima semana tendrá que ir nuevamente a interrogatorio, en el Reclusorio Sur, quizá más de las siete y media horas que padeció.

Antes, Peña Nieto, le había dicho “No te preocupes, Rosario”. Ahora el grito es: “No nos involucres, Rosario”, de EPN, no el de Atlacomulco, sino el Ejército Político Ninguneado.

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almomento.mx

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